Imagen vía: Martin Specht
En 1992, llegó a mi casa una chica de unos 15 años aproximadamente, para ayudar en las tareas de limpieza, su nombre lo omitiré por razones de seguridad.
Conocerla a ella fue una gran experiencia, hasta sentía que era mi hermana mayor, era muy graciosa, oficiosa y creativa, se la pasaba peinándome y vistiéndome (mis muñecas corrieron la misma suerte) y los empleados que en ese entonces laboraban para mi papá la hostigaban con sus piropos e indirectas, tenía ese “no sé qué” que causaba atracción a los cipotes de su edad y también a los problemas. La llevó una amiga de mi mamá, al parecer había escapado de su casa, o pasaba algunos problemas y necesitaba trabajo y alguien que quisiera ocuparse de ella.
Mi mamá, en ese afán de ayudarla, le consultó a mi papá y él accedió a tenderle una mano. Casi desde el instante que llegó le asignaron sus tareas y responsabilidades, y la aceptaron con una condición: Regresar a la escuela. A regañadientes aceptó, e inmediatamente la matricularon en horario nocturno y en educación acelerada, porque se había quedado más o menos en quinto grado y a esa edad ya debía estar por lo menos en tercer ciclo. Trabajó muy duro, era una empleada ejemplar, hasta que un día alguien llegó al negocio de mi papá y le dijo que tuviera cuidado, porque la habían visto con pandilleros y posiblemente ella integraba una mara o quería entrar. Mis padres alarmados, porque ella nos sacaba a la calle y nos llevaba al colegio, pensaron no solo en el riesgo que conllevaba para nosotros, sino para ella, y decidieron interrogarla y preguntarle qué era lo que necesitaba, dónde estaban sus padres (porque desde que llegó no quería decir nada), si había algo que le faltara y declinó responder.
Averiguando con amigos y vecinos dimos con su familia, para nuestra sorpresa vivían no muy lejos de nuestra casa, y tenían una buena vida, sin embargo la madre de ella se había divorciado y casado con otro hombre, y ese cambio afectó en gran manera a la chica, al grado que terminó huyendo y su madre no hizo el intento de buscarla ni tratar de ayudarle a superar sus problemas. Frustrados porque su familia no quiso afrontar el problema, mis padres trataron de ayudarla, pero los consejos funcionaron como psicología inversa, y un día no regresó de la escuela a la hora que debía, apareció casi entrada la medianoche, completamente sucia y golpeada, que puedo decir con frescura, que recuerdo perfectamente su cartera negra favorita, totalmente rota y polvosa. Había ocurrido lo que tanto temíamos: Ya era pandillera. Una semana después, por voluntad propia se retiró de la escuela y también de nuestro hogar, sabía el peligro que corríamos si ella se quedaba.
Habrán pasado unos 6 años desde la última vez que mi madre la vio, vendiendo en una acera de Cojutepeque, demacrada, con 4 hijos (no estoy segura si 3) y con marcas en las manos, como si hubiese intentado borrar esos tatuajes que destruyeron su vida. Lamentablemente.
Mi comentario personal al respecto es, que estoy segura que si su familia la hubiera apoyado y si también ella hubiera puesto de su parte hoy sería una gran ciudadana, tal vez tuviera un trabajo digno y quién sabe, quizás tendría su carrera profesional porque mis papás así lo habrían querido. Una lástima porque hasta el día de hoy, en nuestra mesa sigue siendo tema de conversación esa juventud truncada.
Saquen sus propias conclusiones.






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Saludos.